sábado, 29 de junio de 2013

Puede pasar cualquier cosa, de Jana Putrle Srdic


Traducción de Bárbara Prejelj


Puede pasar cualquier cosa es el primer libro traducido al español de Jana Putrle Srdić nació en 1975 en Liubliana. Es poeta, publicista, traductora y masajista. Desde la publicación de su primer poemario Membrillos (Kutine, 2003) se dedica también a organizar eventos culturales en el Centro de Literatura Eslovena. Su segundo libro de poesía Puede pasar cualquier cosa (Lahko se zgodi karkoli) se publicó en 2007. Participó en numerosos festivales y lecturas en el extranjero. Fue traducida y publicada en diferentes revistas en 9 lenguas. Es traductora de poesía contemporánea rusa, inglesa y serbia, y autora de las traducciones de los libros de poesía de Robert Hass, Ana Ristović, Sapphire y de Poesía rusa contemporánea. Escribe artículos sobre cine arte para distintas revistas.


yo, tú, ella
estamos sentados al lado del mar, miramos las luces de los barcos
y los coches que se mueven por el horizonte

después de estar callados durante dos horas, pienso,
esto es todo lo que hay

y todos nuestros susurros de que nos queremos
vienen de una soledad extrema.

los repetitores tocan la batería y el bajo, gritan,
ja ne trebam nikog, da mi kaže, da me voli.

cargo mi oscuridad, en cada petrolero un poco,
como en un juego de computadora distribuyo el peso.

el sol del ocaso nos lame las caras
como si fuéramos unos perritos ciegos, recién nacidos

nos baña el viento del puerto





viernes, 28 de junio de 2013

Un catálogo de todo lo que hay, de María Paz Levinson



el sol de invierno no quema.
En tu cabeza todos los balnearios
a la noche son iguales
fuera de temporada pierden sus
características propias para ser todos
viviendas arena mar
el dibujo de un pueblo fantasma
tiene una única pizzería abierta:
una graciosa escena familiar
donde el hijo y la madre se pelean
por la música que tiene que sonar
y las casas están todas solas
las casas están todas solas
 

fragmento de Un catálogo de todo lo que hay


jueves, 27 de junio de 2013

Ya no está el amo, de Edvard Kocbek


A la luz clara de la luna se abre
una dulce vista del cosmos
pero me molesta; o algo le falta al ojo
algo anda mal con la imagen del mundo
me vuelvo intranquilo y siento:
ya no hay amo.
Un aplastante vacío está en los colores
susurra un repentino temor en mis palabras:
ya no está el amo.
Miro al sol y a la gente,
se encuentran fugazmente, al trasladarse
y no se comprenden ni en las pequeñas cosas
ahora sé: ya no tenemos amo.
Miro obstinadamente y hacia delante, aglomeración en la historia
y vacío en la ciencia y las leyendas:
todas las totalidades se desmoronan, porque ya no hay amo.
Ya nadie sabe que es el bien y que es el mal,
los hábitos se trituran, la muerte aterroriza a la gente:
en silencio saben: ya no conocen un amo.
Los niños empezaron a crecer rápido y amarse
como yuyos venenosos y salvajes, porque no está
el amo. Alguien suavemente desató
la música, todos los demás borrachos
la taparon con gritos, porque ya no conocen el temor
al amo. Una joven en el rincón derecho
me mira, otra llega del lado izquierdo
y de pronto hay una multitud de gente libertina
como si ya no hubiera mandamientos y prohibiciones,
sobre nosotros rumorea el viento y el mundo
se vuelve al revés, las corzas corren por nuestras
sombras, los peces atraviesan veloces nuestras vallas,
ya no está el amo.


poema del libro Poesía en Holograma



nuevo catálogo súper completo


Hasta hoy, se podía acceder al catálogo de Gog y Magog a través de este blog.

A partir de ahora, seguiremos subiendo poemas, notas y novedades por aquí, pero para conocer nuestros libros, encargarlos o hacernos consultas, tenemos la nueva web mucho más cómoda y completa.

www.gogymagog.com

¡Esperamos que les guste!


James Schuyler, en La Nación


Estados de gracia

Imprescindibles poemas de James Schuyler, el menos frecuentado de los poetas de la Escuela de Nueva York
por Pedro B. Rey

La divisa es engañosa. Escuela de Poetas de Nueva York suena capital, pero en su origen fue casi un truco publicitario, la consigna con que en los años cincuenta un galerista decidió promocionar las plaquetas de algunos poetas jóvenes a los que unía su tarea como críticos de arte. Contemporáneos de la segunda generación del expresionismo abstracto, estos poetas (John Ashbery, Frank O'Hara, Kenneth Koch, James Schuyler) fueron deliberadamente aprogramáticos. El único manifiesto disponible ("Personism", de O'Hara) es una gloriosa burla del género: lo único que guía su poesía, sostiene el autor, es la propia vida, en especial sus hechos más ocasionales.
Podría decirse que Schuyler (1923-1991) fue, y continúa siendo, el más escurridizo de ese cuarteto que encontró afinidad en el interés por lo urbano, el cosmopolitismo a la europea y las nuevas formas culturales (la pintura, pero también la música contemporánea, el jazz, el cine). La reciente reedición en Estados Unidos de dos de sus raras novelas (Who's for Dinner; Alfred and Guinevere) han comenzado a sacarlo de la penumbra relativa en que parecía cómodamente asentado.
Quizá lo que más dificulta definir el carácter de la poesía de Schuyler sea su transparencia. La presencia recurrente de elementos de la naturaleza crea una tensión imperceptible entre los paisajes casi pastorales y el escenario urbano. Schuyler escribe como si fuera tonto, con la impasibilidad de un vagabundo del haiku, aunque en las formas se aboque a poemas de mayor extensión, hechos de versos "flaquitos" (como se los ha designado informalmente por la escasa cantidad de palabras por verso), y deslice occidentales notas melancólicas. Tontería es, en este caso, una designación positiva, un sucedáneo del estado de gracia. "¿Qué es esto, liquen?", se pregunta en un verso de Freely Espousing (1969), con la sorpresa del urbanita que oscila entre la amnesia y la anamnesis.
En "Después", uno de los poemas incluidos en Una ciudad blanca, necesaria antología de Schuyler traducida y prologada por Laura Wittner, puede observarse esa doble disposición. Nieva; hay una excursión en camioneta fuera de la ciudad. En el camino de vuelta se observan los yuyos escarchados en el cerro, que devienen "un gris brillante sobre el marrón". La mirada cambia al llegar a Nueva York ("un tumulto de lluvia, taxis y autos atascados, neón que se re-/fleja en el asfalto), pero el carácter meditativo de la poesía de Schuyler se prolonga en su tranquila aceptación del aparente opuesto: "Eso también me gusta", sostiene.
Su ojo pictórico puede observar el nacimiento de un día de verano en la ciudad y reflexionar sobre las estaciones, o ponerse a orbitar alrededor de lilas y crisantemos. Puede encontrar que "el musgo está libre de caspa" o preguntarse con sabia resignación, como hace en "Saludo": "El pasado es pasado, y si uno se acuerda de lo que quiso hacer/ y nunca hizo, ¿no es/ haber pensado en hacerlo/ suficiente?"
La presencia de la naturaleza es el rasgo diferencial en la obra de Schuyler. El vínculo con sus compañeros de ruta neoyorquinos puede encontrarse, de manera más tímida quizá, en los poemas con referencias culturales. En uno de ellos imagina que trata de convencer a Virginia Woolf (como la escritora inglesa, también él sufrió profundas depresiones) para que no emprenda la caminata que acabará en su suicidio. O'Hara (para terror de los vanguardistas) se cansó de dedicarle versos a Rachmaninov; Schuyler escribe, en cambio, un hermoso poema en que el piano del segundo cuarteto de Fauré se desliza entre las lluvias y las hojas, observadas a través de la ventana de un tercer piso, como "un latido extra, peligroso y hermoso".
La edición se completa con fotografías y una entrevista realizada en 1990 por Raymond Foye en el Chelsea Hotel. En esta última, además de consideraciones sobre O'Hara y Ashbery, el detective poético encontrará detalles sobre la amistad de Schuyler con Chester Kallman y su trato con W. H. Auden, esa sombra inevitable.

La Tirana/Los Sea Harrier, de Diego Maquieira


El gallinero

Nos educaron para atrás padre
Bien preparados, sin imaginación
Y malos para la cama
No nos quedó otra que sentar cabeza
Y ahora todas las cabezas
Ocupan un asiento, de cerdo.


Nos metieron mucho Concilio de Trento
Mucho catecismo litúrgico
Y muchas manos a la obra, la misma
Que en esos años
Repudiaba el orgasmo
Siendo que esta pasta
Era la única experiencia física
Que escapaba a la carne.
Y tanto le debíamos a los Reyes Católicos
Que acabamos con la tradición
Y nos quedamos sin sueños.
Nos quedamos pegados
Pero bien constituidos;
Matrimonios bien constituidos
Familias bien constituidas.

Y así, entonces, nos hicimos grandes:
Aristocracia sin monarquía
Burguesía sin aristocracia

clase media sin burguesía
Pobres sin clase media
Y pueblo sin revolución


Volábamos como un mar mareado 
El cielo salió de noche como un contraeclipse
dejando de no creer a los espíritus insomnes
a las pocas mentes que aún soñaban
con parar la matanza en los enormes despachos
del convento de la Catedral de la Moneda
Mientras, los prisioneros de la luz, los celtas,
los boy etruscos, los druidas y los hunos
levantábamos el vuelo y subíamos la luz
desde nuestros hangares fondeados
en el cañón del Urubamba, mama Perú
Volábamos en nuestros acojonantes Harrier,
volábamos como un mar mareado
jubilosos de perpetuar el ataque
a los Mig franceses de los milenaristas
que ni con todo el sopor de sus profecías
intuían esta vez la que les esperaba
los íbamos a devolver a Dios a estos pendencieros.




miércoles, 19 de junio de 2013

¡De estreno!




Desde hoy, tenemos nueva página web





¡pasen y vean!



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